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TRANSIBERIANO

Las 20:02, por fin, el “Ost-West Express”…cuantas veces he pensado en él…la antesala del Transiberiano. En cola está la composición del “Jan Kiepura” con destino Varsovia. Repito mismo tren pero distinto coche, esta vez me subo a los de cabeza con destino Moscú…Rusia ya está más cerca que nunca.
En mi compartimento conozco a Theodor, hombre maduro ruso que trabaja en Alemania. Con él entro en contacto con la cultura rusa. Ambos hablamos varios idiomas, mala suerte…no coincidimos en ninguno. Creo que todos los viajeros son rusos o al menos eslavos, y desde el principio empiezo a percibir sus costumbres: todos van en zapatillas de andar por casa, se sienten cómodos y el té nunca falta gracias al suministro permanente de agua caliente.

En mitad de la noche cruzamos Hannover, Berlín, Frankfurt de Oder…para proceder justo después al control de pasaportes entre Alemania y Polonia, esta vez sin sellar al entrar en territorio polaco. En Poznan sube un viajero a nuestro compartimento, conociéndole a la mañana siguiente como Leonid, hombre de mediana edad, judío bielorruso que viaja a través de toda Rusia y los países del este de Europa como comercial de una empresa de suministros eléctricos.
Estamos casi a mediados de noviembre y ya han caído las primeras nieves en las cercanías de Varsovia. De nuevo me reencuentro con Warszawa Centralna, pero mi paso es transitorio, en menos de una hora prosigo ruta con destino Bielorrusia.
En Terespol nos cruzamos con nuestro homólogo con destino Bruselas. La frontera física entre Polonia y Bielorrusia se produce a través del puente que cruza el río Bug. El control de pasaporte y visado en la frontera bielorrusa se realiza sin ningún contratiempo e incluso con cortesía, al contrario de todo lo que me habían contado. Quedo sorprendido porque también me ha sellado el visado ruso, cuando quiero darme cuenta el aduanero ya se ha ido, decido quitarle importancia al asunto. Llegada a Brest, ciudad íntimamente ligada a la historia contemporanea de nuestro tiempo.
Aquí es donde tengo mi primer contacto con las “Babuchkas” (abuelas). A la llegada de nuestro tren se instalan en el andén con todo tipo de productos, un rastro improvisado en el tiempo que dura la parada. Suben al tren ofreciéndonos carne, especialmente pollo…pero también frutas, verduras, huevos y productos lácteos. Es una práctica habitual en muchas estaciones que jalonan el recorrido hasta Vladivostok, su subsistencia depende de nosotros. Es ahora donde quedan patentes las diferencias sociales de un lado a otro de la frontera de la nueva Unión Europea.
En Brest se realiza el cambio de bogies de ancho europeo por los de ancho ruso, común a toda la red de la antigua URSS. La operación es similar a la que se realizaba en Hendaya con el “Puerta del Sol”, las maniobras no dejan indiferente a nadie. Un viajero ruso me señala con aire de desaprobación el origen de la grúa del taller…made in Germany; las heridas de la guerra todavía no han cicatrizado del todo. Ya casi de noche, emprendemos de nuevo la marcha hacia Minsk, donde el frío empieza hacerse presente de manera notable. En el transcurso de la noche, me desvelo pendiente del control de pasaportes en la frontera con Rusia, seguro que no estamos lejos…sin embargo el tren no efectúa ninguna parada y el control aduanero no existe. Ahora entiendo el sellado del visado ruso en el puesto fronterizo de Brest.
Me despierto con antelación…aún no ha amanecido y mis dos compañeros de viaje ya están más que despiertos. Afuera, un paisaje típicamente invernal ruso nevado, desfila entre bosques y casitas de madera que precede a la gran urbe moscovita. Al llegar a Bielorruskaya me despido de Theodore y Leonid, y tras abandonar la seguridad del tren, ahora sí tengo la sensación de verme en otro mundo totalmente diferente, por fin he llegado a Moscú.


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